Sello Inmortal de Tres Letras

Tenía el alma de plata y el alma con sonrisa de mar, cuando caminaba una estela de magia aplaudía detrás. No recordaba su nombre, no sabía si amó, se arrodillaba frente a la brisa para disfrutar del silencio ruidoso del atardecer. Era tristemente feliz o felizmente triste, siempre vestía distinto, mudaba su semblante una vez al día…

De vez en cuando se le veía jugar con la silueta maltrecha que le acompañaba los pasos, en las horas de luz de su mundo abstracto. Una inquietante huida, un juego circular. No importa donde fuera ni que tan rápido corriera, si dejaba que la luz la alcanzara, ella seguía ahí pegada a sus pies y a sus huesos. Pero cuando se cansaba del juego, se apartaba a las sombras del mismo portal de todas las tardes y miraba el cielo como esperando que se abriese…

Cuando la lluvia venía, la disfrutaba como caramelos macedonios deshaciéndose en su boca. Compartía los secretos de sus alegrías con el atisbo de luna que se plantaba frente a ella en las tardes de febrero. Tenía calma en cada paso y mucha prisa en añorar que el sol nunca dejara de rotar al rededor de sus huesos, disfrutaba del oleaje del viento sacudiéndole el cabello, cabello enaltecido por dos mariposas azules escarlatas que se posaban en su cabeza, un sombrero de pirotecnia y ocho semillas de jengibre para no perder el camino de vuelta a casa.

Parecía pintada en el paisaje y como si no fuera a entenderlo el mundo, su belleza implícita en los detalles de una pintura de misceláneos colores, se desprendía en destellos de luz, una lluvia de estrellas que ascendía al cielo y se dejaba caer con el rocío de las constelaciones rojas… Era ella una fotografía que detuvo el tiempo en una época de aspiraciones inocentes y de ingenuidad, con la franqueza en los labios para no reprochar ausencias, y la tibieza en su piel anhelante de pasiones escondidas, siempre esperando lo que vendría, sin saber exactamente qué…

Una tarde paseando por los verdes holocaustos de la adultez, encontró a su hada perdida, se envolvió en un escombro de lago y se sumergió como un planeta bebé en los océanos infinitos de calma, que le proveía el humeante solsticio íntimo. Tenía un jaguar traicionero de mascota, lo alimentaba con almendras que recogía en el camino, lo mimaba como si estuviese de seda cubierto. Le daba un beso de buenos días y un abrazo por las noches. Juntos parecían un prometedor desastre, él no la quería, pero intentaba no comérsela viva, agradecía muy en el fondo por cada tarde de comida, de alimento y prisma.

Era una aventura de esas que no quieres que acaben jamás, tenía todo ese misterio que envolvía su mirada y sus maneras de retar a lo inusual, a ser parte de sus días más comunes, tenía un acompañante que confiaba no se revelaría un día por su espalda y le protegería si hacía falta. Aunque en sus sueños todo era tan real, hasta la crudeza con la que se desprendía su alma de su piel en la gélida soledad de días sin nombre. Toda la incertidumbre de no saber que seguía y descubrirse abandonada por todo lo que siempre quiso ser y no recordó cómo. No dormir para no soñarse sola y bañarse con polvo lunar para calmarse las angustias, así eran las noches, las más tristes, las que más versos traían a su libretita de recuerdos a futuro y sueños a olvidar. Una noche no lo soportó más, salió corriendo de un sueño recurrente de absoluta oscuridad, y le ardía la piel, descubrió marcas en su pecho, de un sello inmortal oculto por siempre bajo su piel, tres letras, iniciales de una historia inconclusa. El escalofrío de un augurio se escurrió por su espalda hasta sus entrañas y un nombre comenzó a latir en su corazón. Ecos del pasado rompiendo la falsa tranquilidad… ¿Quién?

Mortés Amadeus Levour, el demonio de las pesadillas más intensas que vio la humanidad, su gran amor, su condena, salía de la piel desgarrada en dos mitades del jaguar que siempre estuvo con ella. La sangre del jaguar transfiguraba un par de puños malignos e impetuosos, la acostó de rodillas y sacudiéndose las alas le recitó los versos más perturbadores y terroríficos del universo, ella temblaba de miedo, la vio con el alma rota y el corazón herido de hoyuelos, la tomó por el cuello con dulzura, la puso de pie y le abrazó, la sostuvo pegadita a su alma, le regaló un beso de nieve y pronunció su nombre: Zasztell…

No hubo más tiempo y se la llevó, en las noches de lluvia cuando un trueno espanta a las parejas que entretejidas hacen el amor, son ellos divirtiéndose, intentando demostrar que no hay amor más grande que el suyo… ¿Final?

© Copyright – Messieral | Luis Eduardo – Historias en Ascuas
© Copyright – Versos en tu Piel| Ana Isabel
20/02/2016

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