Patear el invierno, jugar a las escondidas con el espíritu
de todas aquellas cosas hermosas que vienen del sur;
volver a nacer en un día cualquiera para aprender a volar,
dejar de caer si no es para alimentar este intenso palpitar.
Así camina la vida, con un antifaz que ha prestado al mar,
así camina la herida, con su rastro de sangre y sin llorar
porque no ha sido culpable la nieve de helar las calles,
fue la indiferencia, esta mala neura flotando en espirales.
Yo quería aprender a aguantar el peso de mi estrella
pero hay dones sin manuales de instrucciones, sin demasiada esperanza;
yo quería empezar de cero este poema pero estaba prescrito
por un anacoreta duende sentimental que me lo canto a los gritos.
Aprendí de esa forma de aquel duende nocturno, de su malabarismo,
que la vida es quimera indecisa y más vale no ir por ahí tan sobrio,
no estar por aquí tan bebido, si antes no te ha poseído el dilema
de estar presente en mil sitios o tan sólo en uno más de tus vicios…
Aprendí a leerte el alma antes de que me muerdas,
a llover en tu alma desnuda sin quitarte la ropa;
a mí me eligió la palabra como anzuelo de carnada
y nunca dejaré de escribir aunque incineren mi casa.
Aprendí a besar desde niño, a amar cada excelso hechizo,
aprendí a beber, a sentir, a luchar, a desfallecer sin compromiso…
Y a remar sin cesar para aprender la lección;
mi propio diciembre ambulante siempre he sido yo…
©MESSIERAL | messieral.com
Ciudad de Guatemala 25 de diciembre de 2,016

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