Ella, era capaz de hacerme sentir mejor cuando la sangre solía escapar de mi piel. Sabía hacerme sonreír con sus besos y hacerme olvidar el dolor con su ávida conversación… Ahora que la enfermedad vuelve con sus impertinentes oleajes, ahora que ella no está; la intensa soledad me hace pensar que al morir las cosas, tanto, no cambiarán… Y la fiebre me vuelve a alcanzar.

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Ciudad de Guatemala 22 de agosto de 2,018

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