Ha aparecido una vez más la canción, la que me lleva a apretar la mandíbula en busca de esas respuestas innecesarias que a veces tanto necesito. Ya lo sabes —no es algo que yo pueda controlar—, pero justo ahora, a pesar de la belleza de este lugar y sobre todas las cosas increíbles que he conseguido, tengo que lidiar con lo que no quiero. Ya he aprendido lo que necesitaba aprender, y no entiendo qué más se requiere si todo el tiempo tengo ganas de ya no estar…
Y me diluyo en una droga que no es mía, preguntándome: ¿Cuántos más? ¿Cuántos octubres más hacen falta para olvidar cómo besar?
No es más la tarde bajo la sombra de aquel árbol, ni el gran día de la huida, tampoco el del ataque de ansiedad o el del beso tras provocar algo que muy bien conoces: —amo todo lo que lleve una letra de tu nombre—, y aunque sean diez o quince vidas las que se tengan que esperar, encontrarnos promete ser el suceso extraordinario que saciará esta sed.
Y me diluyo en un deseo que no es mío, preguntándome: ¿Cuántos más? ¿Cuántos octubres más hacen falta para olvidar cómo amar?
—Messieral MercyVille Crest, 5 de octubre de 2,024
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