Una sensación de paz, como la que percibí después de aquellos besos interminables e irrepetibles. Una paz oscura, como música que emana del vientre de la bestia, tan sofisticada y elegante como mis manos recorriendo sus prontitudes.

Fui desnudo de cuerpo una vez, y desde entonces he estado buscando un hogar; un hogar cercano a la calma, al que retirarme solo para crear. Lo que el mundo tenía para ofrecerme se anticipó aquella noche, noche que he descrito con minuciosidad: en aquella boca que aún recuerdo, en esas piernas que, seguras, daban paso a la caricia de mi diestra siempre tibia.

¿Dónde dormiremos esta noche, si con todas las noches de la existencia jamás lograremos recrear aquella nuestra?

—Messieral
MercyVille Crest, 10 de octubre de 2,024


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