Gibosa Ardiente

El frío de la noche, cobijado por la gibosa creciente más tranquila de toda mi vida. El viento gélido y una sola cara cuando mis ojos destruyen la imagen; una sola risa, una celebración de baile lento, una cadencia infinita de gratitud y preguntas sin respuesta.

Domingo trece, una canción que se repite sin el miedo habitual a la muerte. Libertad en los labios y un vino francés que cuestiona cada paso posterior de la existencia. A dónde fuimos los que fuimos, a dónde iremos si nos aferramos contra el pecho el más tibio de los recuerdos en vano, sabiendo que esta vez no será, que no ha sido, y que el vacío no es tal cosa, porque siempre está lleno de aquellos besos finos.

El frío de la noche, cobijado por la gibosa ardiente más tranquila de toda mi vida. El vaho pérfido y una sola cara cuando mis ojos destruyen la imagen; una sola risa, una celebración de dulce movimiento, una cadencia infinita de plenitud y ternuras que te encuentran.

—Messieral
MercyVille Crest, 13 de octubre de 2,024


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