[Breve relato de horror escrito con motivo de mi participación en ¡Ho, ho, horror! de Val Medina. La palabra disparadora de hoy es: Zugzwang (Movimiento obligatorio que empeora la posición en ajedrez y casi siempre lleva a la derrota). Deseo que horrorizados lo disfruten…]
La niebla arrastra su sombra por las calles vacías. Bajo la luz mortecina de las farolas, un hombre camina con la mirada perdida, como si buscara algo en lo invisible. Sabe que lo observa algo que no es capaz de ver, pero es capaz de sentirlo debajo de su piel.
Un dolor súbito cruza su cuello, que se extiende hacia la mandíbula. Respira profundo, pero el aire se le hace cada vez más denso. Algo se agita entre su carne, se siente como un roce lejano. Y de repente, la piel de su rostro comienza a ceder, como si una fuerza invisible estuviera estirándola a voluntad.
Las venas resaltan en su rostro, como líneas marcando las fronteras de un mapa. La piel se arruga, pierde su forma, colapsando sobre sí misma. Los ojos se desvían, mirando desde cavidades vacías. El sudor se desliza frío, como si el alma intentara huir de su propio fin.
Su boca se abre, pero no es una sonrisa. Es una grieta. Los labios se separan con un crujido, como si la carne que los sostiene fuera incapaz de resistir más. Las mejillas se estiran, desmembrándose, como si la carne estuviera siendo arrancada de su rostro.
El dolor lo inmoviliza. La mente se desvanece. Las manos, temblorosas, se aferran al aire, pero no pueden sostenerse de nada. Las costuras de su cuerpo se abren, la carne se deshace en fragmentos. Algo grotesco emerge de él, una marioneta rota, cuyos hilos ya no controlan nada…
Lo último que queda de él es un suspiro, leve, casi inexistente. Lo que era se desvanece, dejando un cuerpo que ya no es cuerpo, tan sólo fragmentos. Al final, se da cuenta: no hay escape. Cada movimiento, cada opción, lo lleva más lejos de sí mismo. Como en un siniestro Zugzwang.
—Messieral
MercyVille Crest, 23 de diciembre de 2,024


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