Diseñaría un camino extraordinario
para ti y para mí, el que consentimos;
en el momento justo en el que se haga preciso
tocar la calma que guíe toda razón a los sentidos.

​Hemos sufrido; caer nos hizo sentir heridos,
pero jamás dejamos de sentir nuestros latidos tibios;
el fuego del interior es el que permanece vivo:
somos borbotones de sangre, de luz y de espinos.

​Te veré desnuda de cautelas unas cuantas veces más,
entregaré mis últimos suspiros, mi última debilidad,
a las apariencias mortecinas de los sueños desfallecidos
de tanto intentar resucitar a los primeros secretos compartidos.

​Compartiría un camino estrafalario
contigo y con todo lo que conseguimos;
resucitaría cada poema o cada escrito
para que no duden tus pies desnudos
ni uno sólo de los pasos o de los caminos.

​Te veré desnuda de cautelas unas cuantas veces más,
entregaré mis últimos berridos, mi última mortalidad,
a las reticencias intranquilas de los nuevos torbellinos
de este intenso mar en proceso del más doloroso de los suicidios:
el de condenarse aún a estar vivo.

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—Messieral
MercyVille Crest, 5 de febrero de 2,025


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