En la ciudad del frío te desnudas,
los grises rascacielos rompen tu tristeza repetitiva;
nevará esta noche y también la anterior,
sentirás el frío y la ausencia de mis caricias más prohibidas.
Me verás delante tuyo desabrochando con elegancia
lo que no debe permanecer adherido a tu fragancia;
te ensordecerá el ruido de los autos y la apariencia contaminada
de una ciudad deshabitada por el buen gusto y la dulce mirada.
Besarás al fantasma en que se ha convertido tu esperanza,
me retratarás en un poema que terminarás por ocultar
de quien podría llegar a robarte el ensueño de imaginar
la vida que pudimos haber compartido juntos todas las mañanas.
Y sentirás cada vez que te tocas que algo te falta,
que algo no ha sido suficiente, que algo aún te llama;
pero no será mi voz, ni mi virilidad intensamente heráldica,
será la culpa que trae consigo no decirse la verdad a la cara.
En la ciudad del mito te desnudas,
los tristes suelos sostienen tu mirada ensombrecida;
escampará esta noche y también tu fulgor,
sentirás el frío y la ausencia de mis fantasías exquisitas.
—Messieral
MercyVille Crest, 19 de febrero de 2,025






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