Hay un roce de viento que sabe a tu risa,
un vestigio de horas marcadas por llamas,
y en las grietas del alma que aún no cicatrizan
se descosen las dudas con besos y ganas.

​Nos creímos eternos en noches prohibidas,
nos creímos invictos de leyes humanas;
pero el mundo nos puso en rutas distintas,
aunque el cuerpo se queme, aunque el alma se expanda.

​Y si un día regresas, quebrada y errante,
sin las normas ajenas que en jaulas te atan,
te estaré esperando en la misma distancia,
en la misma penumbra, con la misma mirada.

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—Messieral
MercyVille Crest, 19 de marzo de 2,025


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