Nadie bailará con tu gracia
el hermoso cuarteto de cuerdas,
nadie besará con elegancia
la belleza de las almendras;
nadie gritará mi infancia
con éxtasis de prendas
derramadas en la estancia
de mis penúltimas sendas.

Me refugio en el beso dorado
de tu amor extranjero necesario;
mi poema no exhibe el arado
manjar que en tus dedos se hace libertario.

Me cobijo en el manto de perlas
de tu noche recién olvidada;
ojalá me arrastraran, sin defenderlas,
las flores de tu tumba cansada.

Y fecundar la desgracia
con este amor que recuerdas;
el que nos entregamos con suspicacia
a la sombra de aquellos, con los que no concuerdas.

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—Messieral
MercyVille Crest, 20 de abril de 2,025


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