Amor, ahora somos otros, parte de un estallido cruel e incomprendido, de lo que no ha llegado a tiempo, de lo que desobedece y se retrasa, de lo que aún no ha mordido pero ya saborea los manteles.
Amor, somos dos cigotos que aún no ven la luz, cegados por el ego, intimando sin mayor pretensión que la de verse, entenderse y encontrarse, como si fuera necesario, como si las micropartículas pudieran controlar el universo con solo imaginar el próximo de sus instantes.
Amor, te he desnudado en tantas formas, en tantos colores, en tantas personas; que si nos dijéramos la verdad a la cara tendríamos que ser conscientes de aún no haber amado todo lo que podríamos y, a la vez, saber que amamos hasta agotar la última onza del infinito.
Amor, escucho los pasos acercarse, de una doncella cautivadora y eterna que nos iguala, que nos sorprende, aunque la esperásemos…
Ya nada nos resguarda, ya no hace falta bajar la guardia… Perdimos y ganamos, ahora comienza el camino, ahora resuena la eternidad a la que llamaremos casa.
—Messieral
MercyVille Crest, 10 de octubre de 2,024
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