Un gemido más
y estallarías en colores
neón por toda la habitación;
serías una estrella
dibujada con honores
en la hermosa constelación
de mi arteria.
El aire se comprime,
cada suspiro tuyo es un relámpago
que incendia la distancia entre nosotros,
un roce,
y el planeta se sacude,
como si el universo entero
se deshiciera en mil pedazos
por el simple encuentro
de tu cuerpo contra el mío.
No fue fácil desnudar
tus privadas evocaciones,
pero lo logré,
con la más intensa entonación,
con la ansiedad de quien sabe
que está tocando la eternidad
en el instante mismo en que tus dedos
se ciñen en mi piel;
como si quisieras quedarte
para siempre,
o hacer que todo se detuviera
en ese mágico segundo
en el que nada existe
más allá de la colisión
de nuestros cuerpos,
más allá del océano
que se agita entre mi pecho
y tu entrepierna.
Un gemido más,
y el tiempo se rompería,
se desgarraría en destellos;
como una aurora
que se consume
en la explosión
de tu cuerpo desinhibido
entregado al mío…
—Messieral
MercyVille Crest, 15 de diciembre de 2,024






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