En posición fetal, desnuda y húmeda,
aún no llegas y mi cama ya resiste el peso delicado
de tu cuerpo por encima de la bruma;
¿será pálido el amor cuando se viste de tu cálido
orgasmo, inquieto entre comienzos y penumbras?

Es el año veinticinco, el que repta sin descanso,
ensimismado, con puños tensos y una rabia contenida
de otorgar a quien lo merece la recompensa entre los labios;
esto ya se sabía, llegaría el momento, se sabía,
porque lo intentamos de todas las maneras que añoramos
y aunque nuestra fragilidad desaparecía ante cada embestida
siempre fuimos capaces, contra todo pronóstico, de soportarlo.

Así que acércate sin máscaras, en alas de tus comisuras,
y permite que te penetre como el único privilegiado
para tal misión, liberando tu piel de la inocencia encarnada
de un alado ser exclusivo diseñado para mi cuerpo;
que aún no tiembla de excitación abrazado a tus caderas
y ya es capaz de ver el infinito por debajo de tu lengua y de su verbo.

No me hace falta tocarte en lo más profundo de la mirada,
en lo más profundo del ser o del espacio abstracto,
ni alcanzar a través de tu vientre la gloria tan deseada;
o el milagro sutil del sentimiento como arriesgado acto,
para morirme de amor por la curvatura de tu espalda
que represente tu entrega a mis rituales y pecados.

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Me basta con saber que se acercan tus pasos
para enviciarme con la longitud de tus piernas
y perder el sentido al saborear tu sexo amado;
para entender que más allá de las curvas y rectas
siempre hubo un sueño intenso de conquistarnos.

Es el año del instinto, el de la serpiente de madera,
el que acaba con la injusticia de lo que soportamos
con tal de acompañar, incluso a quien no lo merezca;
es el año que distingo, sin un propósito prediseñado,
en el que sólo el eco de tu voz y el roce de tu anfeta
podría convencerme de algo tan remotamente innecesario.

Proyectada contra la pared, con el alma púbera,
palpitas de excitación, sin aún haberte aproximado
a la más constante de mis prácticas mundanas;
e iluminas mi placer con el más vibrante de tus jadeos,
como si se tratara de una fantástica luminaria
que anuncia el principio de nuestro gran reencuentro…

En posición fetal, desnuda y húmeda,
aún no llegas y mi cama ya resiste el peso delicado
de tu cuerpo por encima de la espuma;
¿será cálido el amor cuando se viste de tu ávido
orgasmo que entre tormentos y dulzuras se desborda?

Ya estás aquí, enredada entre mis labios
y sonríes: enamorada, felina, azucarada.


—Messieral
MercyVille Crest, 5 de enero de 2,025


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