Sobre nubes del dorado más prometedor,
nuevamente abro mis alas, nuevamente soy dolor;
ya no entiendo lo que merezco, lo que no,
mi silencio no otorga ni un gramo de divertimientos
mundanos a demonios sin color.

​Nunca hubo nadie que entendiera el mal amor
que fui capaz de negar a esas almas inocentes
que intentaban alcanzarme con candor;
nunca quise a tanta vida herirla de muerte.

​Llegará el momento de convertirme en creador,
de almacenar los grandes talentos incesantes;
llegará el momento y no será necesario domar aquel ardor
que mi cuerpo exige de forma vehemente.

​Mi mejor momento, el más fino licor,
oportunidad de finalmente renovarme;
mi mayor trofeo, emerge el pundonor,
piel de duende, flor de infierno y año de serpiente.

​Sobre nubes del dorado más aterrador,
ágilmente extiendo mis garras, nuevamente soy hervor;
ya no entiendo lo que alimento, lo que no,
mi silencio no otorga ni un gramo de repentimientos
mundanos a solsticios sin rubor.

​Nunca hubo nadie que entendiera el buen amor
que fui capaz de negar a esas almas incompetentes
que intentaban alcanzarme sin valor;
nunca quise a tanta ruina fugitiva de muerte.

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—Messieral
MercyVille Crest, 3 de febrero de 2,025


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