Buena suerte allí donde no quieres estar,
porque seguramente es donde faltas,
allí el aprendizaje es obra viva para contemplar
y nuestra última conversación la que necesitas.

Hacerte sonreír con toda tu belleza
es el símil de mi más fantástica proeza;
nadie conoce tu cuerpo ni tu naturaleza,
tanto, como en mis manos la tibieza.

Buena suerte, amor mío, nos volveremos a ver,
pero será en otro momento y con una nueva piel;
mientras tanto, yo estaré cantando
y olvidando que la más dulce miel
volverá a mi boca inesperadamente
la tarde fría en la que te veré volver.

Buena suerte, errante y gloriosa, no le hables jamás de mí,
que no sepa que el amor te fue posible en lo prohibido;
que los impulsos del más preciso de mis instintos
sigue siendo una parte importante de ti, para siempre de ti.

—Messieral
MercyVille Crest 31 de diciembre de 2,025

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