Abrió los ojos y fue capaz de contemplar
que no había nada más que esperar,
todo amanecía y se ennegrecía serenamente;
más allá de su esfuerzo, más allá de su calma consecuente
la historia se reescribía por sí misma.

—Messieral
MercyVille Crest 26 de diciembre de 2,025

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