Sabor Impar

En su despacho encerrado,
rezaba sin saber rezar,
guardaba un secreto cansado
y tartamudeaba sin poder hablar.

Su vida se echaba a los llantos
de los que su padre le quiso salvar,
cruel es la condena y el abrazo
con el que el dolor, a veces, nos hace pagar.

Sumido en su dulce tristeza
su espejo le miraba sin quererle mirar,
quizás sea de amalgamas la guerra,
quizás de maullidos el mar…

Pero si hay algo que es cierto
es que todo se paga antes de mudar,
no se agota la tinta de un tintero
si no se le ha escrito el punto final.

Habían transcurrido catorce años,
dos meses y tantos minutos con sabor impar,
desde que se enredó en los perjurios
que hicieron pedazos a toda una sociedad.

Sus amigos eran lo mejor, decía,
sus amigos le llevaban a gobernar
un país del cual él desconocía
hasta la más pequeña necesidad.

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Ciudad de Guatemala 8 de octubre de 2,017

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