Escondiste tu nombre
en el alma de mi historia,
hiciste un refugio en mi esperanza;
deletreaste con esmero aquella tarde
y frente a aquel portal no quedó nada;
ni pasado, ni presente o futuro,
la fuerza de tu amor deshizo el nudo
que con tanta fuerza sujetaba a mi orgullo
y te quedaste tú, encerradita, entre mis muros.
Guardé tu corazón en cada instante de aquel tiempo,
cada instante en que insististe en habitar mis versos;
aprendí a ser feliz entre tus manos, en tu vuelo,
cristalicé el delirio de tenerte por los años necesarios
y ocurrió así, lentamente, el milagro de nuestro sumario…
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Ciudad de Guatemala 20 de marzo de 2,017

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