Adolorido
con el pulso lento;
con tanto frío
y nuevamente herido.
Desde este país
que te declaró la guerra
vuelvo solemnemente a latir
con las pocas fuerzas que me quedan.
Y veo la forma tan cautelosa
en la que tus buenos recuerdos se me alejan,
dejando una estela de sangre de poemas,
malheridos, sobre nuestras calles esparcida.
Y no quiero que me hables,
ya no quiero ni escucharte,
si dirás lo de siempre tarde
y coincidiremos que el desastre
pudo, si hubieses querido, evitarse.
Desde este país
que te declaró la ausencia
vuelvo solemnemente a reír
cuando desdibujo tus huellas.
Y veo la forma tan cautelosa
en la que tus buenos recuerdos me dejan,
esparciendo una estela de sangre de poemas,
adheridos, a la poca vida que nos queda…
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Ciudad de Guatemala 15 de junio de 2,018

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