Al despertar
seguías tan desnuda
que hasta el iris del balcón
sintió envidia de tu espalda
y aquella blanca habitación
de la tersa luz de tu mirada.

E hizo prisa en el sol
tal claridad y tal candor
que sigo aquí memorizando tu calor
en los restos de un domingo eterno.

Y te veo sobre mi cama, sobre mi pecho,
como si la vida no se tratase de otra cosa que de esto…

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Ciudad de Guatemala 12 de julio de 2,018


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