Me alimento de la calma 
que me produce la intensidad, 
me alimento y regocijo; 
dejo, entonces, de ser uno más. 

Y me sustraigo del resto, 
me encuartelo sin azar; 
y me lleno el pecho con el brillo 
del fuego eterno de la extraordinaria impropiedad. 

Me alimento de la calma 
que me produce la intensidad, 
me alimento y me equilibro; 
dejo, entonces, la cuerda y el nogal...

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