Cantaré sin la voz, para que puedas escucharme sin tener que estar delante, para que un concierto de tristeza alegre nos enumere, como enumera a cada uno de los amantes fugaces, aquellos que supieron no hacer daño y llenar los mares y lagos con la bendición de su transición hacia todo lo que resuena interminable.
Cantaré sin la voz, para que puedas conservarme sin tener que estar delante, para que un momento de tibieza célebre nos enumere, como enumera a cada uno de los milagros interminables.
Cantaré sin la voz, para poder acariciarte sin tener que estar delante, para que el desastre tenga algo nuevo que enseñarme.
—Messieral
MercyVille Crest, 13 de octubre de 2,024
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