Soy el trueno que hace temblar a la tierra, el fuego que arrasa lo que está de más;
soy el presagio de una voz que canta los versos que el mundo no se atreve a crear.
Arrodíllate, bebe y saborea, el dolor será el maestro que te hará maullar;
vuelve a tu sitio, mi poder te espera, no perdamos tiempo, ni esperes a sanar.
Soy el portento que hace gemir a la hierba, el hielo que arrastra el eterno jamás;
soy el conjuro de un verso prohibido, de palabras que el mundo no supo callar…
Acércate, siente y danza; con la desnudez de tu piel invoca el principio del final…
Obedéceme, bebe y disfruta con el candor de tu lengua, el ardor de la paz sideral.
—Messieral
MercyVille Crest, 14 de noviembre de 2,024
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