El frío de octubre me trae la paz
de cuando, por fin, era libre
y podía escapar
de un sistema que se empecinaba
en hacernos creer en lo que no existe
y no se iba a callar.
El frío de octubre me trae la paz
de cuando, al fin, te veía
luego de tanto esperar;
de cuando mis manos te recorrían
como si no fuese a existir otra oportunidad
para volverte a adorar.
El frío de octubre me hace cantar
aquella canción que nos servía
cuando nos tocaba olvidar
que no volveré a besarte en la cara,
que el tiempo siempre nos persigue
y no te volveré a desnudar…
—Messieral
MercyVille Crest, 22 de octubre de 2,024
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