Los Filamentos de la Carne #VMHHH24

Relato de Horror escrito en 2,024 por Messieral

[Este es mi primer relato de horror escrito con motivo de mi participación en ¡Ho, ho, horror! de Val Medina. La palabra disparadora de hoy es: Vigilia. Deseo que horrorizados lo disfruten…]


La vela ardía con débil fulgor, insuficiente para disipar las sombras que se arremolinaban en la habitación. Amelia no dormía. Era incapaz. Había aprendido que en la vigilia estaba su salvación, y que ceder al sueño significaba más que un descanso: una rendición. Desde hacía meses, su cuerpo no era suyo. Algo en su interior crecía, arrastrándose entre sus huesos como una hiedra negra que jamás rozaba la luz.

Todo comenzó en la víspera de su vigésimo aniversario, cuando el espejo dejó de reflejarla adecuadamente. Al principio, pensó que era su imaginación, agotada por las expectativas familiares y las exigencias sociales, jugando trucos crueles. Pero pronto lo comprendió: el cristal no mentía. Sus dedos se alargaban más de lo normal bajo la tenue luz, su piel se tornaba traslúcida en los días de lluvia, y bajo la carne empezaban a manifestarse filamentos oscuros, líneas que serpenteaban con vida y voluntad propia.

Una noche, mientras se duchaba, vio cómo una de esas líneas emergió de su piel. Era una fibra negra y flexible, como un cabello que respiraba y palpitaba por sí mismo, ondulando al contacto con el viento. Amelia gritó hasta que sus pulmones ardieron, pero nadie acudió. Nadie podía salvarla de aquello que llevaba dentro.

Ahora estaba sola, confinada en su habitación, donde las cortinas siempre estaban cerradas. Cada movimiento de su cuerpo era un recordatorio de que algo se estaba transformando en su interior, de que su carne era un nido para lo inimaginable. Cada noche, cuando el mundo se sumía en el silencio, podía sentir cómo los filamentos crecían, perforando órganos, arrastrándose por sus arterias, tejiendo un entramado grotesco bajo la superficie. La vigilia era su única defensa. Si cerraba los ojos, sabía que ellos tomarían el control.

Esta noche, sin embargo, el cansancio era una ola que no podía contener. Había mantenido las manos ocupadas con costura y con el intento de lecturas de antiguos volúmenes que hablaban de maldiciones hereditarias y pactos oscuros, pero las letras se amotinaban borrosas frente a sus ojos. Cuando el reloj marcó las tres con treinta y tres minutos, su aguja cayó al suelo con un sórdido tintineo. Se reclinó contra la cama, obligándose a mantener la postura.

Fue en ese momento cuando vio la sombra en la esquina. No era una sombra común; tenía un peso, un grosor que parecía absorber la poca luz que había dentro de la habitación, parecía alimentarse de ella. De la penumbra emergió una figura alta y delgada, vestida con un manto que se arrastraba como si estuviera vivo. Sus ojos eran pozos carmesíes que brillaban con insaciable hambre.

“Has luchado bien”, dijo la figura, con una voz que resonaba como cristales rompiéndose. “Pero es inútil. La vigilia sólo retrasa lo inevitable”.

Amelia tembló, pero no desvió la mirada. Sabía quién era. Había leído sobre él en uno de los tomos que yacían esparcidos sobre su escritorio. Era el Tejedor de Carne. Una entidad magnánima, una fuerza que no buscaba destruir, sino rediseñar. Una entidad artista.

“¿Por qué yo?” preguntó, aunque la pregunta le parecía absurda. Sus brazos estaban cubiertos de líneas negras que latían al ritmo de un corazón excitado.

“Porque eres perfecta”, respondió la figura, acercándose. “La carne imperfecta se rompe con facilidad. Pero tú… tú eres una catedral gótica esperando a ser completada”.

Amelia intentó retroceder, pero su cuerpo no respondía. Sentía los filamentos dentro de ella moviéndose, acariciando con violencia su interior, respondiendo al llamado del Tejedor. Cada músculo, cada nervio, cada tendón se retorcía en un dolor exquisito, como si algo dentro de ella estuviera despierto desde hacía mucho tiempo, esperando ese momento…

La vela se extinguió, y la oscuridad llenó la habitación. Amelia gritó, pero su voz se ahogó en el silencio. Entonces lo sintió: su piel comenzaba a abrirse. No como una herida, sino como un capullo que revela su flor. Los filamentos emergieron en un espectáculo grotesco, formando estructuras imposibles, arcos y espirales que brillaban con un lustre humedecido por lo inexplicable. Sus costillas se separaron con un crujido sordo, y de su interior brotaron espinas negras que se entrelazaron como raíces.

“No temas,” susurró el Tejedor, mientras la transformaba. “El dolor es pasajero. Lo que emerge es para siempre”.

Cuando la transformación terminó, Amelia ya no era humana. Era una obra maestra de horror, una amalgama de carne y fibra que vibraba con una energía imposible. Desde la ventana, las primeras luces del amanecer intentaron penetrar las cortinas, pero se desvanecieron al contacto con su nueva figura.

En la quietud de la habitación, la criatura que una vez fue Amelia se levantó. El Tejedor se había desvanecido, dejando tan sólo su creación. Y por primera vez en meses, Amelia no sintió miedo. La vigilia había terminado.


—Messieral
MercyVille Crest, 1 de diciembre de 2,024

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