Podría comenzar de cero,
en este preciso instante,
falta solo que tú quieras;
te esperé en la mitad de las avenidas
donde me encontré
con otros rostros y otras letras.

Pero siempre existió en mí tu poema,
el mismo de un duende y una noche,
que repetiría junto a ti hasta que, finalmente,
todo lo malo termine y el resto lo inunde tu belleza.

Podría comenzar de nuevo,
con nuestro retorno y viaje,
falta solo que lo veas;
te esperé en la mitad de las caricias
donde me extravié
con otros torsos y otras piernas.


—Messieral
MercyVille Crest, 11 de diciembre de 2,024


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