Abrí las puertas del mundo
y el paraíso fue nuestro,
aquellos dos meses eternos
acabarían pronto, más no el sentimiento.
Te hice el amor, me hiciste beso en tu suspiro,
pero no te vi odiarme tanto como hubiese querido;
en cambio, sentí tu amor en un segundo que permanece suspendido
en el espacio abierto de aquella habitación en la que estuvimos.
Ojalá tus miedos te hubiesen llevado a estallar contra mi cuerpo
y a mi último aliento contra tus dientes, conocer juntos el gran reinicio;
ojalá tuyo y de nadie, ojalá me hubieses detenido desnudo en tu brillo,
cadavérico y eterno para nunca más apartarnos. Sé que siempre nos quisimos.
Abriste las puertas del mundo
y el paraíso fue nuestro,
aquellos dos meses perfectos
acabarían pronto, más no tener que vernos de lejos.
Me hiciste el amor, te hice beso en mi suspiro,
pero temí odiarte tanto como hubieses querido;
en cambio, sentiste mi amor en un segundo a punto de recibirlo,
en el espacio abierto de aquella habitación en la que, desgraciadamente,
no nos asesinamos ni juntos fallecimos…
Ojalá tus miedos te hubiesen llevado a estallar contra mi cuerpo
y a mi último aliento contra tu frente, conocer juntos el gran reinicio;
ojalá mía y de nadie, ojalá te hubiese detenido desnuda en mi frío,
cadavérica y eterna para nunca más alejarnos. Sé que siempre nos sentimos.
—Messieral
MercyVille Crest, 2 de marzo de 2,025






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