Tuve que enamorarla para demostrarme que el toque maligno y pretencioso continuaba intacto en mí, más no estaba en mis planes el hecho de  caer rendido ante su belleza que afinó las cuerdas vocales de mi ternura; y que con ello lograría que la bondad escondida, que siempre estuvo en mí, despertara.

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Ciudad de Guatemala 23 de septiembre de 2,018

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