Me llamarías por las mañanas
al mover tus manos y tus pies
para que a través de tu ventana
me acercase en un rayo de luz hasta tu piel,
para cuidarte mientras abandonas, por fin, tu cama.
Me invocarías pronunciando mi nombre
cuando tu sonrisa aparezca hermosa,
sin temor de besarme o de llegarme a enloquecer;
y seguramente llegaría a tu vera con la caricia oportuna
con tal de salvarte, de volverte a querer…
Ojalá tuviéramos la seguridad
ojalá nos supiéramos entender;
ojalá tuviéramos, al menos, la posibilidad
de intentarlo sin miedo a perder…
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Ciudad de Guatemala 12 de abril de 2,019

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