Veíamos el rocío caer desde las flores,
minutos después del amanecer;
y nos bastaba el de tu nombre
para, entre la niebla, sentirnos la piel.

Era el amor el que hacía mejor el paisaje,
en el que el temblor existía sin ley;
y era la luz mi exclusivo lenguaje
que afortunadamente sólo tú sabías comprender.

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Ciudad de Guatemala 20 de marzo de 2,019


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