En el último suspiro de mi dominio,
en la necesidad intensa de salvar el paraíso
con el magnetismo de mi poder;
no tengo más fuerza que perder,
porque yo no sé perder…
Y aparece esa voz,
como un susurro arrancado a la fuerza
de una bóveda antigua
en la que sólo ardían ecos…
y un recuerdo que ahora veo.
Me confundo, y ya no sé
lo que puede ser cierto.
Esta noche no debió tocarme tu recuerdo,
incluso, si no era parte de mi voluntad.
Ahora que siento todo este amor,
tus tonos no deberían arañarme la piel;
como a mi hogar esta niebla que no se disipa.
Era solamente un recuerdo
estancado en mi memoria…
¿Por qué, de pronto, me siento tan feliz,
cuando ya estaba sintiéndome feliz?
¿Cómo es posible que, intentando salvar el paraíso,
al conseguirlo, un dulce infierno logre entibiar
mi alma perdida, mis sueños legitimos, mis males exquisitos,
mis deseos inflamables y placeres instintivos?
—Messieral
MercyVille Crest, 24 de noviembre de 2,024
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