[Breve relato de horror escrito con motivo de mi participación en ¡Ho, ho, horror! de Val Medina. La palabra disparadora de hoy es: Espino. Deseo que horrorizados lo disfruten…]
La corona había sido encontrada durante unas excavaciones en Jerusalén, oculta dentro de una cripta olvidada bajo una iglesia construida en el siglo IV. Según los arqueólogos, su ubicación exacta coincidía con relatos antiguos sobre un lugar de sepultura destinado a reliquias sagradas.
Un coleccionista excéntrico de nombre Martín, había logrado adquirirla en una subasta secreta, sin conocimiento de las autoridades eclesiásticas. La corona de espinas negra, seca y quebradiza, descansaba en una caja forrada de terciopelo carmesí. Los bordes de las espinas estaban afilados como cuchillas, tan precisas que parecían haber sido forjadas, no nacidas, ni crecidas. Sobre la madera de la caja, una inscripción en latín advertía: «Non temptes sanctum dolorem» (No tientes el dolor sagrado).
Martín, desafiante, rompió el sello de la urna y tomó la corona con ambas manos. Incrédulo y entusiasmado por su hallazgo, no pudo resistir la tentación de burlarse. “El verdadero toque divino”, dijo riendo, mientras la alzaba y la colocaba sobre su cabeza, ajustándola con exagerada ceremonia.
Al instante, un calor abrasador se propagó por su cráneo, como si la corona hubiera despertado de su letargo. Las espinas, una a una, comenzaron a moverse, retorciéndose y alargándose. Atravesaron la piel como agujas ardientes, desgarrando carne y músculos, perforando el hueso del cráneo con un crujido seco. Martín soltó un grito, más de asombro que de dolor, pero pronto ese asombro se transformó en un alarido inhumano.
La primera espina atravesó su sien, hundiéndose con una lentitud antinatural. El hueso protestó, cediendo con un gemido que resonó en su cabeza como una campana rota. Luego vinieron las demás. Un enjambre de púas afiladas cruzó su cuero cabelludo, como raíces buscando unirse en un nudo macabro. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras un dolor punzante, como miles de cristales rotos, explotaba detrás de sus pupilas.
La presión aumentó; sentía cómo las espinas comprimían su cráneo desde dentro, las puntas atravesando hasta la cavidad craneal. La sangre brotaba en pequeños hilos calientes por su frente, empapando su rostro. No podía gritar más. Su mandíbula temblaba, bloqueada por la agonía, mientras un sabor metálico invadía su boca.
Cuando las espinas se unieron finalmente en un círculo completo dentro de su cabeza, Martín se desplomó. La corona seguía firme, arraigada en su carne, como si se hubiera fusionado con él. Su cuerpo yacía inerte, con hilos de sangre aún goteando de las profundas heridas en su cráneo.
En la penumbra, un leve crujido quebró el silencio. Las espinas de la corona comenzaron a moverse de nuevo, contrayéndose y ajustándose como si respiraran. De sus puntas emergieron pequeños frutos rojizos, brillantes, palpitando al unísono. Desde cada espina, aquellas figuras redondeadas parecían contemplar el cuerpo sin vida de Martín, satisfechas, como esperando a su próxima víctima. Nadie encontró su cuerpo, sólo la corona intacta, como aquel espino maldito que perdura hasta hoy en día; mismo espino del que se forjó la corona de Cristo, algún día de alguna vez…
—Messieral
MercyVille Crest, 4 de diciembre de 2,024

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