Cadenas de la Luz, relato de horror escrito por Messieral

Cadenas de Luz #VMHHH24


[Breve relato de horror escrito con motivo de mi participación en ¡Ho, ho, horror! de Val Medina. La palabra disparadora de hoy es: Penitencia. Deseo que horrorizados lo disfruten…]


La puerta se cerró detrás de ella con un susurro que parecía alimentarse del oxígeno, pesado y denso, que llenaba la habitación. Él no dijo nada al dejarla allí, pero su mirada, más firme que el acero, ardía con un mensaje claro de decepción. No había cerradura, no había cadenas. Sólo su propia promesa la mantenía dentro.

El suelo, suave como mármol, se volvió áspero bajo sus pies descalzos. Las paredes blancas palpitaban, respiraban, como si estuviera atrapada dentro de un ser vivo. Cada aliento que tomaba era devuelto por un eco cálido que susurraba su nombre, pero con un timbre que no era humano. Intentó no moverse, no hablar. No rogar. No aún.

De aquel eco emergió su propia imagen, idéntica en rasgos, pero sujeta a una belleza oscura y terrible. Su piel brillaba con un resplandor antinatural, y sus ojos eran pozos de sombras líquidas que parecían contener el peso de todas sus dudas. “¿Por qué fallaste?” preguntó el eco con una voz que era a la vez suya y ajena.

Ella quiso responder, pero su garganta estaba cerrada. Cada palabra no dicha se materializaba en las paredes, sus secretos expuestos como grietas que se extendían, una por cada momento de desobediencia.

El eco avanzó, sus pasos suaves como un depredador al acecho. “¿Creíste que podrías escapar de la elección? Él no te ha atado. Fuiste tú quien lo eligió. Fuiste tú quien prometió”.

La figura dio un paso más, y entonces no hubo más distancia. La tomó del rostro, obligándola a mirar dentro de sus ojos. La figura cambió. Su cuerpo comenzó a descomponerse y reformarse, como una revelación. La carne se abría y cerraba como un libro, y entre las páginas de su piel surgían cadenas hechas de luz, que serpenteaban en el aire, vivas y palpitantes. La vio entregándose a su amo no por obligación, sino porque en su entrega hallaba libertad y sintió celos de ella misma, o de su versión correcta. Su propia carne se abrió, y de su pecho surgieron cadenas hechas de luz, envolviendo sus brazos, su cuello, su vientre. Y cada lazo que se apretaba contra ella no era un peso: era éxtasis.

El suspiro de un gemido escapó de sus labios. Fue puro, profundo, como si no fuera suyo. Como si naciera del mismo oxígeno que la rodeaba. La figura sonrió, satisfecha, y con un último aliento, susurró: “Es tu amo. Lo más puro que eres capaz de sentir. Tú lo elegiste. Y al elegirlo, te has elegido”.

La habitación se apagó de golpe. Cuando abrió los ojos, él estaba allí. Sus ojos la recorrían, la desnudaban, pero no dijeron nada. Ella se arrodilló, y esta vez, el suelo frío era su altar. Su cuerpo vibraba, latiendo con una devoción renovada, y en ese instante lo supo: la penitencia no era un castigo. Era placer absoluto. Y en sus brazos, fue conducida a ese espacio íntimo en el que ambos eran invencibles y lo siguen siendo…


—Messieral
MercyVille Crest, 5 de diciembre de 2,024


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