Selvática

Ella escuchaba las flores al respirarlas,
traía en su piel los primeros pechos que besé,
me enseñó a diferenciar una rosa de una espina
y con cada beso analizaba el promedio de mis ganas,
ya no creía en la libertad, quería ser presa del aire,
de los mares y las furias torrenciales de caricias
que me enseñó a entregarle las noches de los martes.

Selvática y rebosante en clorofila de armas,
me parecía desnuda al centro de las calles,
sin miedo y guerrillera en pos de una voluntad
que involucrara a los sin voz, a los sin calma.

Aromática y estrujante en mieles de reserva
porque si escaseaba en el mundo el sentido común
ella traería consigo un poquito de vino
para hacer caso omiso a tan jodido lío
y al terminar el último sorbo alzar la voz,
reclamar a toda voz, actuar en un teatro
que con sus propias manos labró.

Escuchaba la voz de las flores
y algo en su alma se hería
si arrancabas flores para su mesa,
susurraba a las más bellas rosas
que adornaban los centros de mesa
de un restaurante de la ciudad,
antes de marchitarse en un florero,
lo cual a ella le parecía horrendo.

MESSIERAL
Ciudad de Guatemala 02/06/2016

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Huellas y Evidencias de Húmedas Letras

Ella entendía mi mal manejo de la frustración, lo resolvía recostándome en sus piernas relajando mi imaginación, me leía los libros de moda y los versos olvidados de doscientos poetas que nadie recuerda. Me besaba los labios con todo el azúcar que se desprendía en migajas de su alma, ha sido hasta ahora la mejor, ha sido hasta ahora la única capaz de comprender mis causas, mis efectos y luchar por ellas y por ellos sin importarle demasiado los modos, porque al igual que a mí, a ella no le importan los linajes, ni brebajes, ni las reglas en reserva que no debieran quebrantarse, le gusta la cerveza en tarro y las palabras acrobáticas, en el sexo es toda entrega, sabe en exclusiva la manera más precisa y exacta de incendiar con mi cuerpo toda cama. Se llamaba tan bonito que todavía lo recuerdo, aunque recuerdo más sus piernas, por ángeles talladas, y aunque yo no sea un santo, aunque me aproxime más a lo contrario, fui Amo y Señor de esos tesoros capaces de dar equilibrio a un cuerpo majestuoso, en ella vi cada misterio y milagro de la vida, no me importaba demasiado el tiempo cuando ella sonreía y una vez, incluso, perdimos el reloj y nos quedamos otro rato a contemplar como la luna brillaba en su abecedario.

Me retaba a olvidar toda mansedumbre, nunca  habló de bodas, ni pasteles, no le gustaba el chocolate, traía tinto en la sangre y aprendí de sus delicias la diferencia que existe entre un Sauvignon y un Clarete de Burdeos. Tenía clorofila emancipada recorriéndole por dentro y por fuera el cuerpo, quería ser el árbol más veloz del mundo entero y lo lograba al aferrarse a mi guitarra y darme un beso.

Nos llenamos de canciones frente al lago, en el mar escribimos un nosotros dibujado con el cetro impetuoso de una botella que luego arrojamos al mar con un papel dentro, en el que escribimos nuestros nombres, no por romance, sino porque siempre hemos creído que hay seres de otros mundos viviendo bajo las aguas intranquilas del océano, que la Atlántida fue sólo un intento fallido, pero que seguramente no todo está dicho.

Quizás un día encuentren, seres extraños, nuestros nombres y se lleven un momento descifrando tan húmedas letras, y no sospechen de una historia que aunque lejana dejó sus huellas y evidencias sumergidas en la arena de esa playa… Que es todavía nuestra.

MESSIERAL
Ciudad de Guatemala 02/06/2016