Quédate en la cama, olvida tus vestidos, que lluevan temerosos en las horas que derramas.
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Se estrella contra el mundo, no entiende bien qué pasa, será que algo le sobra, será que algo le falta…
Me dedicaré a quienes me aman y a ganar el juego del alba.
Mañana me olvidas, luego me recuerdas, de tantas heridas ajustas las cuerdas; y el miedo otra vez te grita: “Comparte con frío tu cama vacía”.
Te guardaré en secreto en la habitación a la que sólo acceden algunas mañanas, de enero y de versos, que me tratan de las formas más crueles.
Quiero nadar en tu piel hasta hacerme uno mismo con tu ser.
Es urgente decirte que eres todo…
Recibí tus versos desde París, te acaricié sin recordarte con deseo, sin inventarte, mi flor de lis.
Y humedezco el seco abrazo final que te entregué en un ataúd adornado por silencios innecesarios que me acompañan si te alejas tú.
Te desnudé en una ciudad en la que nadie sabe que amé, fui uno mismo con tu complicidad, entre tus dedos y talle de corsé.
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