Se sintió muy bien, quizás demasiado bien… Cada hora siguiente luego de olvidarte. No me guardé los rencores, mi fastidio respondíó a tu cobardía, a la tibieza de corazón de la que un día te conté.
Una confesión en baja voz, un saludo permanente cada amanecer; cómo no había de enamorarme de la suerte o del porvenir, si todo lo que hacía era buscar una puerta de salida o de entrada a cualquier otra parte capaz de sanarme de tanto desastre…
Pero se incendia la escena del crimen, desaparecen como esporas las evidencias más claras, se multiplican en bosques secretos que quizás jamás lleguemos a reconocer.
Una confesión en alta voz, un saludo impertinente a la desnudez; cómo no habías de enamorarte de la suerte o del porvenir, si todo lo que hacías era buscar un puerto de partida o de llegada a cualquier otra parte capaz de liberarte de tan mal arte.
Se sintió muy bien, quizás demasiado bien… Cada hora siguiente luego de marcharme.
— Messieral.
25 de abril de 2,024.



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