No quiero extrañarte el día
en que tenga que reconocer
que no llevaré más mi antifaz.

No quiero que me extrañes
cuando debas aceptar
que tampoco llevarás más un disfraz.

Y nos veremos.
No reconoceremos a la persona
que fue nuestro acompañante
en días grises y en pequeñas felicidades.

Estaremos destrozados,
pero aliviados,
porque habrá terminado
esa escena poética
en la que ocultamos a nuestros monstruos,
para evitar herirnos,
cuando entendimos
que no éramos un equilibrio,
sino un precipicio.

A partir de aquí,
ya nadie nos hará temblar,
nadie nos verá pasar…

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—Messieral
MercyVille Crest, 18 de noviembre de 2,024

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