Cada una de las heridas, cada uno de los impactos, me enseñaron a hacerme más fuerte no importa en qué día del año. Y aunque octubre me helaba las venas y llenaba de amor mis aceras, la verdad es que allí entre sus piernas aprendí a no perder por la fuerza.
No te pienso por lo que hicimos, sino por todo lo que le escondimos a un mundo infinito de ideas que se ha perdido saber de nosotros, que ha creído en tu versión más violenta, que ha omitido todos los encuentros que profundos hicieron su nido en el recuerdo que yo más frecuento; no le digas que siempre fuiste buena, no le quieras guardar en secreto a la vida todos los momentos que ella misma te vio cometiendo.
Es tan inevitable este cielo como arder juntos en infiernos de colmenas preciosas y ciertas, de mis amoríos que aún muerden tus letras, de temblores con que me recuerdas. Si tu mano desliza sus dedos y mi nombre escapa de tu boca, no es pasado naciendo a las puertas de un recuerdo que moja tus piernas; más bien es un futuro que espera a que dejes de negar la cabeza y te entregues desnuda a mi hoguera y te olvides de escapar de lo que tú más deseas…
— Messieral.
16 de marzo de 2,024.


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