Ella escapaba conmigo
sin importar el día,
sin importar la hora
y sin importar los ruidos.

Éramos tan inmortales
que la cobardía quedaba afuera
y a experimentar con casualidades
jamás dimos relevancia.

Pero que libres éramos
cuando a las cinco de la tarde
el sol nos hacía eternos.

Pero que felices éramos
cuando a las cinco de la tarde
el sol nos cosía los sueños.

Ella escapaba conmigo
sin importar la herida,
sin importar la historia
y sin importar los vinos.

Éramos tan inmortales
que la cobardía quedaba fuera
y a experimentar con casualidad
jamás dimos importancia…

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Ciudad de Guatemala 25 de septiembre de 2,018

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