Tragafuegos

Llovía, aquella vez, tan fuerte como cuando la gente
suele ir a despedirse de un ser amado al cementerio
y aquella misma tristeza de incertidumbre flotaba
en los linderos mortecinos de la ciudad desnuda.

Era febrero y ya peregrinaban las almas tristes,
el llanto de un niño era el estorbo de los sabios,
el de los sabios era estorbo de los locos, el de los locos,
¡Hay el de los locos!, una invitación sin sanos antojos.

Y allí, justo allí, fue que le conocí, sonreía a pesar de todo
y a pesar de todo se movía, era acero su alma encendida,
era viento su sueño de crecer, de ser libre y reconocer
frente a un espejo su rostro verdadero, que no era el de aquel tragafuegos
que a los ocho años, tiznado, mostraba los dientes al quemar el viento.

Es la historia de siempre, el dolor que a casi nadie duele,
son los niños, sus heridas, sus palacios en las calles,
mansión de frío y de infierno, mansión de duelo y portales,
en la ciudad desnuda hay más niños de ocho años, de todas edades,
que están jugando con fuego porque nadie quiso jugar con ellos,
ni verlos crecer, ni arroparlos con cada nuevo atardecer, nadie quiso,
ojala que esta noche la ciudad desnuda se lograra poner un buen vestido.

©MESSIERAL | messieral.com
Ciudad de Guatemala 10/08/2016

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