Bajo el Aura Menor

Desnuda bailaba bajo el aura menor
y se emborrachaba de notas de amor;
desnuda decía «Te quiero encontrar»
y con sus caricias me invitaba a jugar.

María no era su nombre
y tampoco lo era Raquel;
cansada no estaba,
casada tampoco;
suele suceder…

Pero desnuda su aliento sabía mejor,
sus pies adornaban el nuevo color
que apareció en el cielo
en el mismo instante en el que ella nació.

Mirarla tan fijamente fue difícil,
consumar todo acto de amor tan casual;
lloviznar a su espalda una guerra civil
y adormecer su cuerpo un milagro de la pluralidad.

María no era su nombre
y tampoco lo era Raquel;
cansada no estaba,
casada tampoco
como suele suceder…

Desnuda decía «Te quiero encontrar»
y con sus caricias me invitaba a cantar.

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Ciudad de Guatemala 2 de abril de 2,017

María, La Muchacha de Casablanca.

Se llamaba María, la muchacha costera de Casablanca,
a sus pies se rendían Asia y África por igual,
a sus ojos las coordenadas de la nada al comenzar…

Entre más de seis millones, su par de ojos,
entre el puerto y su marea, su despertar;
entre sus juegos de palabras, habría elegido,
la más audaz, cada mañana, en la que a su lado yo pudiera caminar.

Porque era tan bella que el cielo
rompía sus nubes al verla pasar,
se anclaba a la luna de un sueño
para perseguirla al avanzar.

No sabía de historias de amor
pero prefería de una ventana abierta
su color por encima del dolor;
y saltaba por las noches encendidas
a la sal que va calmando las heridas,
a la sal que va jugando a ser quizás…

Yo habría sido bueno por su amor,
sortilegio poderoso de algodón;
hubiera abandonado toda playa,
toda brisa, toda enfurecida ensenada
por ser el dueño de su sol…

Se llamaba María, la muchacha de Casablanca,
rosa herida de occidente, sueño simple y recurrente;
garza guapa y elegante, ropa de suicida anticipada,
pecho encinta que proveía del mejor de los aguardientes
a un ser pequeño que en su viaje, el final, le acompasaba.

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Ciudad de Guatemala 6 de marzo de 2,017