Prosa
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Otra vez la playlist, una y otra vez, como si tu confesión siguiera ardiendo en mi pecho, como si tu amor hubiese escapado del centro de mi corazón.
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Me quedo callado contemplando el bosque que me resguarda, escribir es otra forma de latir… Y para estar vivo, me es necesario.
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Estaba orgulloso de nuestros besos, de todos ellos, incluso del primero; ese tierno y tembloroso beso que unió nuestras vidas por completo.
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Ojalá poder ser parte de esa existencia que evoca el recuerdo más puro, la condición y la calma de los indómitos de corazón.
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No fue por las estrellas ni su reflejo infinito, tampoco por la manera en que brillaban tus ojos cada vez que sonreías; sabiendo bien que te irías, sabiendo que me iría, y que es parte de la vida no poder conservar la salvación una vez que ya te ha salvado la vida.
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Cantaré sin la voz, para que puedas conservarme sin tener que estar delante, para que un momento de tibieza célebre nos enumere, como enumera a cada uno de los milagros interminables.
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A dónde fuimos los que fuimos, a dónde iremos si nos aferramos contra el pecho el más tibio de los recuerdos en vano, sabiendo que esta vez no será, que no ha sido, y que el vacío no es tal cosa, porque siempre está lleno de aquellos besos finos.
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Esta pasión desbocada, con un nombre divino, es el secreto que nos eleva por encima de toda posibilidad humana o demoníaca, un más allá que nos libera del tormento del horror, de la mayor barrera mental de la historia: el miedo a la muerte.
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¿Dónde dormiremos esta noche, si con todas las noches de la existencia jamás lograremos recrear aquella nuestra?



